«La afinidad nace de la elección y el cordón umbilical jamás se corta. A menos que la elección se rehaga a diario y se concreten actos nuevos para confirmarla, se marchitará y declinará hasta derrumbarse o desarticularse. La intención de mantener viva la afinidad es presagio de una lucha cotidiana y promesa de una vigilancia sin descanso. Establecer un vínculo de afinidad proclama la intención de hacer que ese vínculo sea como el de parentesco, pero también la disposición a pagar el precio del avatar con la dura moneda de la monotonía de lo cotidiano. Cuando esa disposición (o según el tipo de entrenamiento ofrecido y recibido, la solvencia de los valores) no existe, uno es más proclive a pensarlo dos veces antes de actuar de acuerdo con esta intención.
Por lo tanto, vivir juntos (y esperemos para ver cómo funciona y adónde nos conduce eso) adquiere el atractivo del que carecen los vínculos de afinidad. Sus intenciones son modestas, no se hacen promesas, y las declaraciones, cuando existen, no son solemnes, ni están acompañadas por música de cuerdas ni manos entrelazadas. Casi nunca hay una congregación como testigo y tampoco ningún plenipotenciario del cielo para consagrar la unión. Uno pide menos, se conforma con pagar menos, y por lo tanto, hay una hipoteca menor que pagar, y el plazo del pago es menos desalentador. Sobre “vivir juntos”, el futuro parentesco, deseado o temido, no arroja su oscura sombra. “Vivir juntos” es un porque, no un para qué. Todas las opciones siguen abiertas, y los hechos del pasado no tienen autoridad para eliminarlas.
Bauman, Z. (2009): Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos, Madrid, Fondo de Cultura Económica